Había
una vez un tipo que se cansó de ser bueno. Fue así, sin más. Se cansó de ser
cariñoso y detallista con sus novias (una tras otra, no es que fuera bígamo) y
que no le pagaran con la misma moneda. Se cansó de escuchar y echar una mano a
ciertos amigos que, cuando él los necesitaba, nunca estaban. Se cansó de cumplir
fielmente con un empleo paupérrimo y sin posibilidades de ascenso. De la democracia
y la justicia no se cansó: sabía que eran conceptos inventados por un filólogo
pero que no tenían aplicación práctica.
¿Nuestro
tipo se convirtió en malo como si fuera un remiendo del malvado Carabel? Nota
sin pie de página: Carabel es un personaje literario y cinematográfico, un
hombre honrado que decide convertirse en delincuente para probar si las cosas
le van mejor. No, malo no. En primera instancia optó por ser un egoísta: había
sufrido a unos cuantos y no sería difícil adaptarse al estilo. Y luego estaba
su sueño: ser un cínico. Los personajes
de Humphrey Bogart iban a ser su referente: tipos desengañados, distantes, a
vuelta de todo, románticos y leales pero que habían sido heridos por las
personas en las que más confiaban. Supervivientes
en la jungla.
Novias
(ex) y amigos (¿?) tacharon su comportamiento de incoherente. Y se equivocaban.
Por primera vez fue coherente, pero lo fue consigo mismo. Poco tiempo después se dio cuenta que el
cinismo sin nada más es estar muerto en vida: hay que jugar aunque se pierda.
La cuestión es elegir correctamente a los jugadores. Y aquí Humphrey sí que
escogió bien: Julius J. Epstein, Philip G. Epstein y Howard Koch (guionistas de
Casablanca) de compinches y Lauren
Bacall de esposa en la vida real. Así puede ser cínico cualquiera.
MENÚ:
Casablanca (1942, Michael Curtiz) y Tener y no tener (1944, Howard
Hawks).


