sábado, 18 de mayo de 2013

Manual de instrucciones de Humphrey Bogart


Había una vez un tipo que se cansó de ser bueno. Fue así, sin más. Se cansó de ser cariñoso y detallista con sus novias (una tras otra, no es que fuera bígamo) y que no le pagaran con la misma moneda. Se cansó de escuchar y echar una mano a ciertos amigos que, cuando él los necesitaba, nunca estaban. Se cansó de cumplir fielmente con un empleo paupérrimo y sin posibilidades de ascenso. De la democracia y la justicia no se cansó: sabía que eran conceptos inventados por un filólogo pero que no tenían aplicación práctica.

¿Nuestro tipo se convirtió en malo como si fuera un remiendo del malvado Carabel? Nota sin pie de página: Carabel es un personaje literario y cinematográfico, un hombre honrado que decide convertirse en delincuente para probar si las cosas le van mejor. No, malo no. En primera instancia optó por ser un egoísta: había sufrido a unos cuantos y no sería difícil adaptarse al estilo. Y luego estaba su sueño: ser un cínico.  Los personajes de Humphrey Bogart iban a ser su referente: tipos desengañados, distantes, a vuelta de todo, románticos y leales pero que habían sido heridos por las personas en las que más confiaban.  Supervivientes en la jungla.

Novias (ex) y amigos (¿?) tacharon su comportamiento de incoherente. Y se equivocaban. Por primera vez fue coherente, pero lo fue consigo mismo.  Poco tiempo después se dio cuenta que el cinismo sin nada más es estar muerto en vida: hay que jugar aunque se pierda. La cuestión es elegir correctamente a los jugadores. Y aquí Humphrey sí que escogió bien: Julius J. Epstein, Philip G. Epstein y Howard Koch (guionistas de Casablanca) de compinches y Lauren Bacall de esposa en la vida real. Así puede ser cínico cualquiera.


MENÚ: Casablanca (1942, Michael Curtiz) y Tener y no tener (1944, Howard Hawks).     

sábado, 11 de mayo de 2013

Denominación de origen: La Rioja (norteamericana)


Hay películas que transmiten ganas. Si ves una película sobre cocineros te dan ganas de comer (o de cocinar si no eres un inútil entre fogones). Si ves una película ambientada en Nueva York te apetece ir a la Gran Manzana. Si ves una película con personas desnudas te apetece desnudar a alguien (y, probablemente, no puedes). Si ves Entre copas no tengo demasiadas dudas de que acabarás con ganas de tomarte una copa de vino.

El director Alexander Payne es una de las cabezas más brillantes del cine norteamericano actual. Hace comedias dramáticas (o dramas divertidos, depende de cómo lo miremos) y trata temas universales como el fracaso y la insatisfacción, cuestiones que no son precisamente la alegría de la huerta si no les pones un poco de humor (rama patetismo).

Entre copas narra el viaje de dos amigos por una región vinícola de Estados Unidos (la película habría sido maravillosa ambientada en La Rioja).  Uno es profesor, divorciado, pesimista, novelista frustrado y catador de vinos. El otro es un actor de segunda, un viva la virgen que ha pegado el braguetazo con una rica heredera y, seamos sinceros, el vino le importa un pimiento. Una pareja con personalidades opuestas que, entre copas, nos muestran sus fracasos personales, sus inseguridades y, también, una puerta abierta a segundas oportunidades, algo que la vida nos puede brindar cuando menos lo esperamos. Pero no me hagan mucho caso sobre esto último: me he tomado una copa.


MENÚ: Entre copas (2004, Alexander Payne).    

sábado, 4 de mayo de 2013

¿Existe el humor de Katmandú?


¿Existe el humor de Katmandú? Diría más: ¿existe Katmandú? Ante esta demostración de ignorancia geográfica prefiero centrarme en un tema que siempre me ha preocupado y que demuestra que soy algo menos que un paria: la nacionalidad del humor.

Que nadie se asuste, no estoy con ánimo para redactar una tesis doctoral sobre el tema pero sí quiero hacer una pequeña consideración. Mucha gente afirma que existe un humor inglés, madrileño o catalán. Y yo lo niego categóricamente. Lo que existe son ingleses, madrileños y catalanes que hacen humor. Es totalmente falso (y diría que incluso reaccionario) pensar que se tiene un tipo de humor u otro dependiendo del lugar dónde se ha nacido.

Lo que no hay que negar es que el humor está en contacto con la realidad. Por lo tanto, los cómicos de un territorio interiorizan la cultura popular y las peculiaridades de su entorno. Pero ya está. Hay comedia blanca, negra, irónica, sexy, satírica, de costumbres… dependiendo de su estilo el cómico nos servirá un tipo de humor u otro.

El humor es universal, es un signo de inteligencia y también es la prueba irrefutable de que todas las personas tenemos las mismas preocupaciones y sabemos reírnos de ellas. ¿Queréis una muestra? Ser o no ser, una de las comedias más geniales que se han visto en una pantalla: una sátira antinazi, una reflexión sobre el mundo del teatro, la pareja y la infidelidad. Da igual si eres ruso, francés, alemán o polaco: su genialidad te llegará. Supongo que a los de Katmandú también.


MENÚ: ver Ser o no ser (1942, Ernst Lubitsch).